A estancia de Jovellanos en Muros de Galicia

p/ Francisco Carantoña Dubert

España vivía en 1810 una situación trágicamente tensa, la guerra de la Independencia, sangrienta e incierta, continuaba sin que se entreviera para ellaImagen2.png un desenlace próximo, y sobre el país entero gravitaba el peso de la incertidumbre, el hambre, la deso­lación y la muerte.

Goya, con sus aguafuertes, abrió el camino a la modernidad plástica, según señaló André Malraux, pero también nos dejó para siempre la imagen viva y tremenda de aquella implacable contienda entre europeos.

No faltaban tampoco en la política las acritudes y las pug­nas sin cuartel. Se estaba traspasando la frontera entre dos eda­des de la Historia, y la crisis de las ideologías, ardiendo en la hoguera de las pasiones exacerbadas, añadía a la complejidad de los problemas la irracionalidad que generan la ambición y el odio.

Jovellanos, cansado y con escasas ilusiones, cumplidos los sesenta y cinco años, en la postrer etapa de su vida, llega a Muros en marzo de 1810, huyendoImagen3.png del nido de intrigas en que Cádiz se había convertido.

Iba hacia Asturias para atender el cuidado de sus bienes y a entregarse, una vez más, al servicio de la comunidad donde había nacido. Adelantado del romanticismo en sus sentimientos literarios, el destino le convirtió también en algo semejante al protagonista de una novela apasionada y terrible, en la cual hasta las fuerzas de la naturaleza se conspirasen para aplastar al héroe. Un temporal estuvo a punto de estrellar el barco en que Jovellanos y sus compañeros navegaban contra los acantilados, en las cercanías de la isla de Ons y, luego, el cabo de Corrubedo, donde la mar resuena con especial clamor, señaló el límite entre la muerte y la esperanza, después del cual la paz de la ensenada muradana ofrecería refugio y sosiego.

Muros era entonces una pequeña villa marinera cuyo case­río bordeaba la playa, sin separación alguna entre la arena y los soportales. La fisonomía del pueblo en aquel entonces nos ha sido conservada en un delicioso óleo, de la serie realizada en el siglo XVIII por orden del rey Carlos III, con los puertos del lito­ral español como tema monográfico. En ese lienzo de Mariano Sánchez aparecen el viejo castillo, construido en el siglo XVI, y las torres de la muralla medieval, y los montes que protegen el fondeadero de los vendavales, todavía no coronados por los molinos de viento que más adelante se alzarían en su cumbre…

El buque en que llegaron Jovellanos y los suyos puede ser el galeón que Mariano Sánchez nos muestraImagen4.png varado al borde de la playa, rodeado de pequeños barquitos que nos recuerdan as lanchas do xeito y las domas.

La villa cicatrizaba las heridas causadas en 1809 por las dos ocupaciones francesas; la primera, en febrero de ese año, destruyó por el fuego ciento ochenta casas, y tanto ella como la posterior dejaron además una oscura secuela de daños físicos y morales en los hombres.

Jovellanos y sus compañeros de arribada forzosa -ya se ha señalado- fueron para la gente muradana náufragos y visitantes ilustres, merecedores a la vez de acogida fraternal y de admira­ción respetuosa. Por ello la villa se vuelca en demostraciones de solidaridad. No puede haber mejor testimonio que el del propio Jovellanos para levantar acta de esa conducta. Así lo cuenta don Gaspar Melchor en la Memoria en defensa de la Junta Central:

“La acogida que mi compañero [el marqués de Camposagrado] y yo hallamos en la villa de Muros no pudo ser más favorable a nuestra triste situación ni más digna de nuestro reconocimiento. El furioso temporal de la noche anterior, dando Imagen5.pnga conocer a sus naturales el riesgo que habí­amos corrido, los hizo mirarnos como a verdaderos náufra­gos, y excitó su humanidad en favor nuestro. Regidores, canónigos, empleados públicos, comerciantes y hasta los últimos del pueblo nos consolaron con su compasión y hon­raron con muestras del mayor aprecio. Pero se distinguieron entre todos la viuda y hijos Sendón, del comercio de esta villa, no solamente franqueando para nuestra habitación la mejor de sus casas, y trasladándose a vivir en otra menos cómoda, sino también prestándonos cuantos oficios y obse­quios caben en la hospitalidad y la cortesanía; bondad que crece, así como nuestra gratitud, al paso que, con nuestra detención, se prolonga su incomodidad.

Después de celebrar una solemne acción de gracias al Altísimo por nuestro salvamento en la colegiata de esta villa, cuyo distinguido cabildo nos acreditó también su generosi­dad, y pasados algunos días, recibimos la agradable noticia de que las tropas de Asturias, conducidas por los generales del país, habían atacado al enemigo y arrojándole hasta el Sella, contándose ya al general Bonet al otro lado de sus fronteras. Llenos, pues, de alegría y confianza, y impacientes de rever nuestros hogares, determinamos reembarcamos en el mismo bergantín, detenido aún en la ría por falta de viento. Habíamonos ya despedido de nuestros favorece­dores; estaba embarcado nuestro equipaje,Imagen6.pngel buque, levada el ancla, navegaba para ponerse en franquía, y íbamos a tomar un bote para pasar a él, cuando vimos que cambiado el viento, viraba otra vez sobre el puerto. Pero había virado también la fortuna, porque a poco tiempo llegó el correo con la triste nueva de que los franceses, atacando a los nuestros sobre Cangas de Onís , los habían rechazado y dispersado, volviendo a apoderarse de Gijón, Avilés y Oviedo, y a ade­lantarse hasta la derecha del Nalón. Con esto nuestras dulces ilusiones se volvieron en humo, y desde entonces conti­nuamos en nuestra primera incierta situación, puestos siem­pre entre la esperanza y el desaliento; situación que nos fuera más llevadera, si nuevas contradicciones y disgustos no hubiesen turbado la paz y el consuelo que hallamos en la agradable compañía de estos horados muradanos”.

Fue la política, los enfrentamientos dejados atrás en Cádiz, y el rescoldo de viejas diferencias con el marqués de la Romana, lo que se hizo presente a través de unas humillantes exigencias burocráticas, superadas tras una cadena de incidencias que vale más olvidar ahora.

El pueblo, los muradanos, los regidores del concejo, hon­raban a Jovellanos otorgándole pequeñas preeminencias como muestra de su especial consideración, sin preocuparse por lo que pudiera decidir la Administración lejana.

Llega la Semana Santa y el 15 de abril se invita por el con­cejo: “a los Excelentísimos señores Jovellanos y Camposagrado para que se dignen a honrar al pueblo y al Ayuntamiento llevan­do en la solemne procesión de Jueves Santo las llaves del Sagrario de la Colegiata Imagen1.pngy las del convento de franciscanos de Louro, cuyo derecho pertenecía a la Corporación por razón de patronato, aceptando agradecidos tal distinción”.

También fueron designados los regidores encargados de acompañar a los ilustres huéspedes en la procesión de la Soledad del Viernes Santo. Son pequeñas deferencias que corroboran la sinceridad de una disposición de ánimo constante en el afecto y en el respeto.

Quizá no le agradase tanto a Jovellanos, sin embargo, la afición taurina de la villa. Dos regidores, uno de ellos mi ante­pasado don José María Calderón, recibieron en esa época el encargo de organizar dos fiestas de toros al año, una en San Pedro y otra en San Roque. Las fechas se encuentran compren­didas en el periodo durante el cual Jovellanos permaneció en Muros. Como era cortés don Melchor Gaspar, seguro que, sin alzar la voz, apartó los ojos de una diversión que a él le parecía bárbara.

Fue al retorno de un oficio religioso, celebrado en la Colegiata para implorar el triunfo de las armas españolas, cuan­do Jovellanos se vio abordado por el emisario de la Junta de Santiago, que le alteraría el ánimo con una exigencia im­pertinente.

No menguó ese tropiezo, sin embargo, el fervor patriótico de Jovellanos, que al día siguiente dif ge al pueblo una ardorosa proclama para excitar su entusiasmo bélico.

“Amados compañeros -les dice a los muradanos- la Patria nos llama a su defensa y me manda capitanearos en tan glorioso empeño…” .

También escribiría en Muros su Canto guerrero para los asturianos y un poema en el cual se reconoce la huella de su reciente aventura marinera:

“Oh, que amargos penosos  momentos pasa el triste viajero en el mar,

cuando baten su nave los vientos  y en la costa le van a estrellar…”

La gran obra escrita por Jovellanos en Muros es, natural­mente, aquella cuyo recuerdo nos reúne aquí ahora, la Memoria en defensa de la Junta Central de la cual os hablará muy pronto quien mejor la conoce, don José Caso González.

Era Jovellanos atento observador de las obras de arte y de los testimonios históricos; en donde se encontrase, siempre buscaba monumentos y legajos sobre los que centrar su atención. Aquí, en Muros, ocurrió lo mismo, aunque sus trabajos no se han conservado, o por lo menos, no se sabe dónde se hallan. Consisten, según Somoza, en una colección de copias de lápidas e inscripciones muradanas, que en los tiempos en que Somoza publicaba su libro Cosiquines de la mio quintana, es decir, en 1884, estaba en poder de don Antonio Romero Ortiz.

Don Julio Somoza solía manejar para referirse a nuestra villa la inadecuada denominación Muros de Noya; Jovellanos también hace uso de ella, pero no siempre; su biógrafo, Ceán Bermúdez, utiliza alguna vez el término ría de Muros de Noya… ¿De dónde puede venir esa toponimia viciada?. Caso señala que quizá los tres escritores citados, como asturianos que son, inten­ten evitar cualquier confusión con el otro Muros, el Muros del Nalón.

Jovellanos tuvo el propósito de escribir una Historia de Asturias y para ello reunió una extraordinaria colección de viejos documentos, entre los que se encontraba un manuscrito titulado Noticias históricas de los obispos de Oviedo. En él figura, como es natural, la biografía de don Diego de Muros, a quien se definí como uno de los prelados más insignes en elevación de espíritu y grandeza de ánimo de la diócesis ovetense. En esa biografía a don Diego se le da como natural de. Muros de Noya. Quizá de la lec­tura de ese texto se derive el error toponímico de Jovellanos.

Encontró Jovellanos en Muros a un gijonés, don Juan Kelly. De él le habla a lord Holland en una carta fechada en Muros (Muros, a secas, esta vez) el 22 de agosto de 1810.

El texto dice así:

“Sí usted me escribiere o enviare algunos papeles, lo podrá hacer por medio de don Juan Kelly, que hace aquí el oficio de cónsul británico, sin título ni goce y a costa de no pequeños sacrificios. No sé porqué ustedes no le dan título y derechos de tal, para que sean recompensados su celo, su trabajo y sus servicios.”

Años más tarde, Kelly sería nombrado cónsul británico en Gijón, según señala Somoza, que cree que así se hizo eficaz la recomendación de don Gaspar.

 

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