A estancia de Jovellanos en Muros de Galicia (II).

p/ Francisco Carantoña Dubert

Las cartas que desde Muros dirige Jovellanos a lord Holland poseen especial interés y coronan una correspondencia rica en observaciones humanas y Imagen2.pngpolíticas, iniciada el 16 de agosto de 1808, con Jovellanos recién liberado de su injusto cautiverio en Mallorca, y que don Julio Somoza reuniría en dos sustanciosos volúmenes.

Lord Holland, amigo de Jovellanos desde que ambos se conocieron en Gijón en 1792, sentía por don Gaspar hondo afec­to, y aunque como británico tenía un sentido peculiar de la polí­tica, en el que predominaban los impulsos del interés de su país, en lo cual tampoco Jovellanos dejaba de sentirse comprometido a su manera, al tratar de cuestiones doctrinales o de carácter general uno y otro solían coincidir.

Lord Holland, cuando Jovellanos estaba cautivo en el cas­tillo de Bellver llegó a concebir un arriesgado y novelesco plan para liberarle, que debería llevar a cabo, nada más y nada menos, que el almirante Nelson.

Desde Muros le habla Jovellanos a lord Holland de política y también de sus melancolías y desdichas. Vuelve a sonar la oferta de una posible ayuda británica para que el gijonés mar­chase a Canarias pasando por Londres, si la situación española empeorase demasiado, y también se traslucen en esas cartas, como en otras dirigidas a distintos destinatarios, preocupaciones económicas, que en algún momento angustiaron al ilustre astu­riano refugiado en Muros.

“Va a partir de aquí un barco con carga de sardina y dirección a esa isla [Canarias] y en él don Bernardo Cendón, vecino de esta villa y uno de los sujetos a quienes mi amada pareja, Camposagrado, y yo hemos debido en ella más favor y compañía.”

El barco no parte, sin embargo, hasta el 2 de enero de 1811, y en esa fecha llegan a Jovellanos noticias de Asturias, en las que se dice que los franceses han evacuado ya el Principado. Imagen3.pngY pro­sigue Jovellanos en su añadido a la carta para el marqués de Villanueva del Prado.

“Añádese que han saqueado y quemado Gijón, Oviedo y Avilés, y es decir que no me habrá quedado donde reclinar la cabeza, y sin embargo, si el gobierno no me llamare, no será Cádiz sino Gijón mi refugio”.

Es necesario insistir en el agobio económico que Jovellanos sufría, al no llegarle los sueldos a que tenía derecho. El 16 de mayo de 1810 le escribía al conde de Ayamáns:

“La suerte de todos es harto desgraciada; la mía, aunque si cae Asturias quedaré reducido a una absoluta indigencia, no lo es tanto, porque ni mi ánimo está abatido en ningún grado ni puedo temer que en estado alguno me falten recur­sos para vivir. Por ahora vivo de los socorros que debo a mi heroico Domingo, que me prestó dinero para el viaje; pero, no teniendo aquí orden para percibir los sueldos, habré de acudir a otra caridad, y lo haré sin empacho, porque la pobreza honrada no debe avergonzar, como no recelo de no de hallarla, porque no puede faltar al hombre de bien”.

(El Domingo a que se refiere Jovellanos es don Domingo García de la Fuente, su mayordomo, que le prestó en Cádiz doce mil reales para queImagen4.png pudiera viajar. Domingo García se reunió con su señor en Muros, durante el mes de agosto de 1810).

Jovellanos llegó a Muros con un pequeño grupo de viajeros entre los que estaba su íntimo amigo Pachín, es decir, Francisco Bernaldo de Quirós, marqués de Camposagrado, la esposa de éste, Jacoba, y su capellán y mayordomo, Antonio García Arango, satisfecho éste por no haber terminado en las entrañas de una tolina -en muradano, arroás- en el temporal famoso.

La marquesa se encontraba a tratamiento medicinal de baños fríos de tina, que debían ser largos, según se deduce de alguna carta jovellanista. Cuando el grupo olvidaba las inquietu­des, Jovellanos y sus amigos buscaban honesta distracción. “La marquesita toma sus baños fríos de tina, y los demás seguimos otra vez nuestro tenor de vida en esta situación obscura pero tranquila”, escribe Jovellanos a la marquesa de Santa Cruz de Ribadulla.

“Ahora, a favor de la bella estación, hacemos pequeñas expediciones por estos hermosos campos”, le dice a su amigo Verí en otra misiva. El tiempo también da que hablar:

“Vimos ayer en el cielo dos hermosas y grandes palmas, que formaban una nube, dividida y arrastrada por el Nordeste…”, dice Jovellanos al chancearse de los presagios que algunos atribuyen a los cometas, y de las interpretaciones abigarradas que otros le dan a los fenómenos atmosféricos, en otra carta a la marquesa.

Fue buena distracción para Jovellanos en ese periodo el viaje que hizo al pazo de Santa Cruz de Ribadulla, en mayo de 1811, donde pasaría siete semanas, y de donde regresaría a Muros para preparar el tan deseado traslado a Gijón. Con ocasión de esa excursión también pasó varios días en Santiago, y Somoza sospecha que quizá hubiera hecho entonces una descripción de la basílica compostelana, semejante a la que en otros tiempos había hecho de la catedral de Mallorca.

Jovellanos tenía relación con los marqueses de Santa Cruz de Ribadulla antes de su visita al pazo. Su correspondencia lo prueba. En setiembre de 1810 hace el gijonés un curioso acuse de recibo:

“La pollina llega precisamente cuando otra que acá teníamos se despedía por falta de leche. ¿De qué gracias, pues, no somos deudores a usted por tan delicada fineza?.

El animalito y su cría serán tratados con todo el cuidado que merecen por su origen y su objeto, y cuando le hayan cumplido, volverán a casa de usted…”

Después del viaje a Santa Cruz de Ribadulla le llega a Jovellanos una noticia especialmente dolorosa, la que anuncia la muerte de Juan Arias de Saavedra, con quien había tenido rela­ciones que pudieran llamarse filiales. Fue un duro golpe, cuya intensidad evalúa Ceán con esta palabras:

“Estoy admirado de que don Gaspar pudiese sobrevivir más de un año a un padre, a quién obedecía en todo res­petuosamente, y a quien amaba y debía amar con tanto afecto como al propio y natural”.

Pero también había pequeños motivos para el regocijo. En el mes de junio de 1811, por ejemplo, un armador de Vigo le escribe a Jovellanos pidiéndole permiso para bautizar con el nombre de El sin igual Jovellanos una embarcación de 150 toneladas, que navegaría pronto al corso, “…con ocho cañones de a seis, bajo el mando del piloto muradano don Ramón de Santiago”.

Jovellanos responde con esta carta que refleja perfecta­mente su carácter:

Muros, 30 de junio de 1811

Muy señor mío y de toda mi estimación: Con el más sin­cero aprecio recibo la honrosa carta de usted de 24 del corriente, en que, dándome un nuevo y distinguido testimonio del afecto que me profesa, me manifiesta el deseo de matricular su nueva fragata poniéndole mi nombre, y ensalzándole con un título, que no sólo no puedo admitir, mas ni me deja repetir la modestia.

Correspondería yo muy mal al buen afecto de usted, y a los sentimientos del mío si no condescenImagen5.pngdiese con la primera parte de su deseo. Llámese enhorabuena la fragata Jovellanos, ya que en ello se complace usted, y hágala Dios más afortunada de lo que anuncia este apellido; pero permítame usted que no consienta en manera alguna que se añada a él un dictado que usted no pudiera aplicar sin nota, ni yo admitir sin escándalo.

De esta manera, y con esta limitación; al mismo tiempo que usted satisfaga su tierna y generosa inclinación hacia mí, podré yo sin escrúpulo responder a ella con el más ínti­mo y sincero reconocimiento, y extenderle al señor don Ramón de Santiago, por la parte que se ha servido tomar en tan señalado favor; y usted, mi buen amigo, asegurán­dose de la pura satisfacción con que recibo esta nueva prueba de su fina amistad, mándeme, en fe de ella, cuanto quiera, cierto siempre de mis más vivo deseo de compla­cerla y servirle, y de que nuestro Señor guarde su vida muchos años, como le ruego.

Gaspar de Jovellanos.

Llegaba el fin de la estancia de Jovellanos en Muros. No era seguro que los franceses hubiesen sido alejados para siempre de Asturias, paro ya había alguna estabilidad en el Principado, la Memoria en defensa de la Junta Central estaba terminada y en manos de un impresor de La Coruña, que llevaba a Jovellanos por la calle de la amargura con sus retrasos. Cádiz, con sus luchas políticas y sus intrigas, no era lugar para él… Jovellanos, pues, según dice Ceán en la biografía de su maestro: “se despide con ternura y agradecimiento de los caritativos muradanos, sus generosos bienhechores y sale por tierra de aquella villa el 17 de julio de 1811, dirigiéndose primero a La Coruña, donde abrazó a su sobrino, don José Cienfuegos, coronel de artillería en aquella plaza, en cuya compañía estuvo diez días”. Su estado de ánimo queda reflejado exactamente en la carta que desde La Coruña escribe a lord Holland el 23 de julio:

“Por fin, mi respetable amigo, escribo a usted desde La Coruña, de camino para Gijón. La Providencia me abrió otra vez la puerta de mi casa y la proporción de seguir el propósito con que salí de la Isla de León hace diecisiete meses. Con esto me he separado dolorosamente de mi amado Pachín, que el 5 de este mes se embarcó para Cádiz, donde le suponemos desde el 8. El es mozo y militar, y cualquiera situación fuera de las filas, sobre desairada, le sería violenta. Yo, viejo y estropeado, sólo debo pensar en esconderme de los hombres que tan mal me han tratado; y pues que en nada puedo servir a la patria, menguar el número de los que, embarazando al gobierno, la dañan. Tomé esta resolución con mejores apariencias de seguri­dad; hoy no son ya tan ciertas. La célebre batalla de Albuera no ha tenido las ventajosas consecuencias que se esperaban. Asturias quedó evacuada, pero sin defensa. Los enemigos la dejaron, pero se están a la falda de sus mon­tes. Tendré, pues, que estar con un pie en la tierra y otro en la mar; pero, al fin, gozaré un poco de aquel reposo que sea posible en estos días de turbación y angustia, y de que no he podido gozar en tanto tiempo acá.

Me avergüenzo de no poder enviar a usted mi Memoria ofrecida tantas veces; y me avergüenzo, no por mi, sino por mi nación. ¿Cómo creerá usted que, empezada a imprimir desde abril, no está aún en la mitad?. Tal es el estado de nuestra tipografía, sin contar con su carestía y con sus otras imperfecciones. Mi sobrino, que cuida de ella, enviará a usted uno de sus primeros ejemplares por medio del Sr. White, que se halla aquí.

Este mismo caballero me ha ofrecido una carta que acredita la recomendación de Milord Liverpool debida a la buena amistad de usted, para que los cruceros ingleses me reci­ban, si alguna orden del gobierno o desgraciada casualidad me forzare a dejar otra vez a Gijón. Si tal no sucediere, mi propósito de vivir y morir allí será tal inalterable como mi amistad y reconocimiento a usted. Mi respeto a la amable Milady y mi consideración a nuestro Mr. Allen a quienes saludo con el más fino afecto, quedando de usted fiel y fino amigo”.  Jovellanos.

Jovellanos sale de La Coruña por tierra el 27 de julio. Llega a Gijón el 6 de agosto, y es objeto de una acogida memo­rable. Su sosiego dura poco. El seis de noviembre debe huir de nuevo ante otra amenaza de los franceses.

Su barco debe entrar, en una trágica y definitiva arribada forzosa, en Puerto de Vega, cerca de Navia.  Allí, el 28 de ese mes, fallece Don Gaspar Melchor de Jovellanos.

Las Cortes de Cádiz, el doce de enero de 1.812, le declaran “benemérito de la Patria”. Ciento ochenta y un años después su memoria perdura como ejemplo de español noble y creador, que puso siempre los intereses generales por encima del benefi­cio propio y de la mezquina ambición. Nosotros, los muradanos, seguimos reconociéndonos en el talante de aquellos antepasados nuestros que supieron ofrecerle en horas de dificultad y angustia acogida fraternal.  Nos reconocemos en su talante y nos sentimos orgullosos de descender de ellos.

 

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