Para recordar a un abuelo: Al abuelo Manolo da Roura

p/ Domingo Medina

Dicen que cuando uno se hace muy mayor regresa nuevamente a los primeros años de su vida. Se supone que es por eso que vuelven todos los recuerdos de la infancia y la primera juventud. Yo no tengo tan claro que así sea. Me parece más bien Imagen30que cuando uno presiente el final o cree que puede estar próximo, uno comienza a pensar en la manera en la que quiere que lo recuerden. Pero ya tendré tiempo para averiguarlo por mi mismo… Como las otras cosas maravillosas –ya innumerables- que me ha traído el encuentro con Maruxa en esta vida, también al abuelo lo conocí gracias a esa coincidencia. Hace ya más de nueve años de eso. Lo primero que recuerdo es que tanto a él como a la abuela Elena les dije abuelo y abuela desde la primera vez. No hubo manera de que les llamara Don Manolo o Doña Elena. Yo que sólo conocí a mi abuela materna –mi siempre querida abuela Mereja- inmediatamente me sentí como su nieto; me gusta creer que también ellos así lo sintieron. La abuela Elena partió hace ya algunos años. El mismo en que nació Valeria. Así, ese 2008 festejamos y disfrutamos la llegada de Valeria y lloramos la partida de la abuela. No se nos ocurrió pensar en ello entonces, pero la coincidencia de esa llegada y esa partida -¿metáfora de nuestro paso por este mundo?- pudo significar una conexión entre bisabuela y bisnieta que no podíamos ni siquiera intuir. ¿Cuánto de la abuela Elena hay en Valeria? Sólo Maruxa y quienes de verdad llegaron a conocer a la abuela podrán decirlo. Hoy el abuelo Manolo pasa por una situación muy delicada. No quiero que se entienda que estoy dando esta batalla por perdida y que estoy despidiendo al abuelo. No soy –ni me gustaría ser- quien dictamina el tiempo de hombres y mujeres en este planeta. Esa batalla es del abuelo y sólo él sabrá hasta dónde luchar, si es tiempo de vencer una vez más o de rendir las armas. Si es esto último, sé que sabrá hacerlo con la dignidad que siempre llevó sobre sus hombros. Si sigue venciendo, seguiremos llenándonos de recuerdos y de historias para contar a sus nietas. Yo lo recordaré siempre como creo que él quiere que lo recuerden. Un muchacho de un pueblo de la costa de Galicia que correteaba feliz y orgulloso por sus playas. Un muchacho de un pueblo pesquero que sin embargo se dejó embrujar y prefirió las letras. Allí están sus poemas para atestiguarlo. Un muchacho rebelde que estudió en convento franciscano, para salir comunista y ateo. Un muchacho que llegada la hora no tuvo miedo y le dijo sí a lo nuevo, a lo desconocido. Un muchacho que se embarcó en miles de aventuras. Una de ellas lo trajo a esta tierra de gracia. Todo un océano no fue suficiente para vencer el amor por su pueblo y por su familia. Un amor que hoy perdura en Maruxa, en Roura y en Valeria. “Bueno Domingo, ¿y qué?”, me preguntabas siempre. Aquí, abuelo, listo para seguir escuchando tus cuentos, como antes escuché los de Mereja. Unos cuentos y unos recuerdos que nos reivindican con la vida. Como en aquél lejano día de hace más de medio siglo cuando llegaste a Venezuela, dejemos que el destino siga haciendo su trabajo.

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