Poetas de Herbón

Poetas de Herbón
Hai uns anos, o Catedrático da Universidade de Salamanca D. José Luis Rodríguez Molinero, xunto con Don Antonio Cela Isla editaron o libro “Poetas de Herbón”. O libro fai una glosa de dezaoito alumnos e mestres do seráfico convento, que deron e dan ó mundo a súa mais expresiva mostra do seu ser, en modo de versos.
A ninguén deberá extrañar que entre os dezaoito elexidos se atopasen xentes de Muros. A min, particularmente, non me sorprende que estos cinco muradans, naceran na parroquia de Louro. Vaia por eles este recordatorio co artigo que sobre a meritosa publicación de Picture8Rodríguez Molinero, publicou en 2005 o profesor García Oro.
(Glosas por libre al libro POETAS DE HERBÓN (El Mundo,2005), al gusto de José García Oro
“Herbón fue un nido de poetas. Infancias y amaneceres. Cantares y orquestas. Viñedos y frutales en sazón. Pájaros cantores en sus carballeiras. Rosales perfumadores y fuentes vírgenes. Todo apenas la sombra de un coro permanente de “pueri cantores” y deportistas en ciernes. Y siempre Música: en la Iglesia, en el oratorio, en los salones, en las clases. Un enjambre de duendes luminosos que entraban en ojos y oídos y se pegaban a la piel. Y los colegiales se fueron en su día con esta linterna multicolor. Hoy están en varios continentes, con preferencia en Europa y en América; caminan por rúas y autopistas; son maestros y profesores, artistas del pincel y del pentagrama, empresarios y más que nada papás. Y cuando encuentran un amigo, les salta la cita: YO FUI DE HERBÓN.

Es que esta gran orquesta con sus vibraciones en la memoria se hizo savia y sangre y quedó en el corazón de los colegiales. Y hoy es un torrente de emoción, que va desde la emoción al verso y a la canción. Una pléyade de vates acaban de versificar esta poesía innata de Herbón. Su decir y sentir no se ha quedado en sus carpetas. Alguien ha buscado con linterna de amor tanto verso y los acaba de poner en público. Es el Libro de Oro de Herbón, que decía y hacía el P. Feijóo. Se intitula POETAS DE HERBÓN.

Abrimos el Libro de los poetas de Herbón, como si entrásemos en el Arca de Noé. Es un inconmensurable bazar de de sorpresas o un interminable camping de aventureros. A la entrada cubierta idílica: la casona conventual cercada de bosque exuberante. Llamamos al portalón, y nos abre el Angel del Buen Consejo que las gentes citan como el Bienaventurado Juan José. Es todavía mozo esbelto; con sonrisa de tertuliano y brazos siempre abiertos. Con piel curtida y estilo azoriniano, dice, presenta, anuncia…Y se entiende. Nadie adivinaría que con este ropaje de excursionista se presentase el Catedrático y Filósofo salmantino, Dr. Rodriguez Molinero. ¿ El Tostado, Fray Luis… Unamuno?. Chi lo sa.
Hay que avanzar y adentrarse en este rincón exótico. Y viene la sorpresa: una intrincada galería de estampas y polípticos que miran al viajero y hablan sólo en verso. La lista- guía es larga y variada. Una procesión que encabeza un pequeño cortejo curas, acólitos y sacristanes y mueven festivos romeros.
Con el incensario en la mano marchan:

Fray Sergio Álvarez, el célebre profesor compostelano de Latín y Griego, con su mirada pastoril que dicta poemas latinos a Herbón, loores a Noya y estrofas pías a la Eucaristía y su “madre divina” Santa María.
Fray Gaspar Calvo Moralejo, un zamorano que gusta del paisaje gallego, teje versos de amapolas y espigas y conversa de caballero andante con la Virgen Dormida y con los santos.
Fray Feliciano Gómez Vigide, heredero de los milagros” de O Corpiño, mira al mundo y al cielo desde su amado Monte Carrio, ahora replantado de molinos de viento, y nos dice primores de Nuestra Señora y de los Santos.
Fray José Isorna, el prolífico literato de riveras mágicas y hombre de sonrisas mil, brinda en un pequeño retablo los sueños y las sementeras de una Galicia de brétemas.
Fray Santiago Agrelo, maestro romano y compostelano, que se siente eremita y mareante, pero más que nada salmista del Señor y lo dice en estrofa y lo rumia en cantar: cuando mira a los cielos estrellados de la noche espejada en el mar; a las cumbres bercianas cuajadas de ascetas ramificados; a la inocencia las miradas de los recién nacidos.
Siguen los cofrades, con sus antorchas en procesión otoñal:
Domingo Barreiros Lago, es como un barco de Louro que sale de su pequeño muelle para adentrarse en el océano. Allí, en la inmensidad del azul y de la luz musita y canta en su vibrante verso gallego a quienes dejaron sello en su vida, desde Celso Emilio Ferreiro y Luis Pimentel, genios y cumbres en el cielo poético de Galicia, hasta los pacatos vecinos que saludaba cada día y ya no están y le pone música a las tradiciones jacobeas y a los monumentos megalíticos da Terra Mai..
Angel López Soto es el cantor de las apariciones y fantasmas: en los cielos, Cristo en Ascensión; el Niño de Belén y su cuna, el amanecer y el ocaso; en la tierra, uno que otro Judas; relojes crueles que se comen el tiempo. Pero siempre la estampa viva del recuerdo: el Ulla, lamiendo los muros de Herbón.
Pedro García Fernández, “el de Avilés”, asturiano de gracia y ágila de los pensamientos, tiene muy perfilado su rosario. Es pensador de la caducidad y agudo adivino de vía profética, cuando se quiere decir la palabra de la propia Fe. Es interlocutor de pensadores y forjadores de imagen con los que entretiene sus silencios. Pedro quiere como siempre romería viva en la que suenen todas las músicas válidas y sean posibles todas las alternativas que va deshojando la vida. Lo ves y le escuchas, y siempre parece decirte: HAY MAS…
José Ramón Mariño quiere recorrer el mundo como sonámbulo: ve las luces apenas despuntando; los conciertos de la naturaleza desafinados por los cuervos; sólo queda el mayo de la alegría que todavía llega puntual.
Ramón Rey García recorre el mundo de sus recuerdos con el tenue candil de una esperanza curtida y camino de un yermo de madurez. Todo vale; todo fue a su tiempo; en todo estuvo, contento o despistado. Ahora le pone sentido caduco y solidez de piedra, se trate de las ovejas de Louro, en procesión; del mar incomensurable de Playa Mayor; o de las Hermana Muerte que desde un horizonte lejano parece decir: Tu también. Pero, eso si, sin ovidar nunca al “paraíso deshabitado” de Herbón.
Carlos Reza Castro dialoga con las coruxas y comparte sus predicciones y augurios. Hubo otros tiempos que ya corrieron. Los de ahora son fugaces y asedian con sus prisas en la calle, mientras derraman soledad en el corazón desconcertado: “cantares sin palabras”, amores volátiles,… “follas xeadas”.

Francisco Herbón, vikingo sonriente entre las nieblas de Isorna, es el harpa de los testigos de Dios en la naturaleza: los “paxariños que cantan no peito”, como los sentía Valle Inclán; las tiernas fuentes de su aldea; el berce dorado del Niño Jesús; los mensajes de los vientos de la Ría y las sonrisas de las despedidas amargas. A la cita viene incluso la “brisa franciscana” de la infancia que sigue alentando afanes de la madurez.
Julio Seijas Fernández es NOYA en fiestas, penas y amores. Se ve deambulando eternamente por sus rúas, escuchando a sus pájaros vibrantes, asombrado ante la majestad de sus montes. Y así hasta “cuando la noche venga y sea mi cuerpo bruma”.
Manuel María Pena Silva, loureano como la mayoría de los vates, quiere ser alondra del pensamiento y a la vez testigo de la palabra cercana. Sabe que eso es llamar a todas las puertas a sabiendas de que la mayoría están “pechadas”; que “espallarse no mar” es sólo un sueño, porque te asaltan en tu travesía los latidos más vivos: “o meu meniño”, “naiciña”; papá Manuel, “roubado pola morte”. Y te quedas con el mejor deseo: “hei plantar unha arbore frontera”.
Antonio Cela Isla, con sus apellidos de linaje literario y su empuje de empresario en las grandes urbes hispanas, es el tertuliano de cada cita, como si estuviera jubilado. Hace el repaso de sus rincones valdeorranos; el abrazo prolongado de sus compañeros; y empuja el carro de los proyectos literarios como esta magna cita de poetas. Es el sauce de las mil ramitas armónicas que no se atreven si siquiera a engordar, por hacer conjunto y orquesta. Su poesía es currículo, memoria vida y acaso testamento. En Herbó será siempre recordado como el Mayordomo de Caná.
Nuestra romería se acaba en una carballeira de robles añosos que hablan del Arbol de la vida y de sus poderosas ramas. Así también el Arbol de la poesía de Herbón. Tiene ramas tiernas, vivas, agitadas; tiene también brazos corpulentos. Estos ya han andado su camino y dado su fruto. Ahora los guardamos en nuestros hórreos de millo sazonado. Escribir Faustino Rey Romero, Agustín González o Luciano Piñeiro González es salirse de la comitiva; ascender al paraninfo de los inmortales y decir solamente SI. Son y serán ellos hoy y mañana y mientras el mundo sea. Lo dijeron y lo vivieron y sólo los nombramos con gesto reverente. A su lado cantaron también los rapsodas: letrados de la poesía como Manuel Pérez Diéguez o Higinio Albarrán que vertieron en verso polvoriento sus ocurrencias. Pensamos que están en fiesta: en la eterna danza delante del Cordero Inmaculado.

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