Recuerdo del 29 de marzo de 1809

Relato publicado polo farmacéutico muradano Don Juan Campelo Rodríguez, no especial publicado no ano 1909 polo diario La Liga de Amigos co gallo da  invasión de Muros polas tropas francesas.

Los franceses, después de haberse apoderado de la capital de España, Barcelona, Pamplona y otras ciudades importantes, vinieron a Galicia y, aImagen1.png pesar del esfuerzo de los gallegos, demostrado en múltiples y memorables combates sostenidos con los invasores, no pudieron evitar que sus pueblos fuesen cayendo, unos tras otros, en poder de los numerosos y aguerridos soldados franceses. Muros, los tenía va muy cercanos y pensó en hacerles frente. No había en esta villa soldados ni medios grandes de defensa. Reducíase toda ella a unos cuantos cañones, en el entonces castillo y Cárcel Pública hoy, -alguno de los cuales puede verse todavía, sobre el muelle—y con ellos procuró defenderse, este pueblo, del invasor.

Era domingo de Ramos (29 de Marzo de 1809); las muradanas de entonces, siguiendo una tradicional costumbre, que dice: día de Ramos, papas comamos–(y de la que aún se conserva, en parte), se  hallaban ocupadas en preparar esa comida,  -harina cocida en leche-, la que bien pronto tuvieron que dejar a los franceses; pues el estruendo de los cañones del castillo, les hizo comprender, al instante, la proximidad del enemigo.

Efectivamente, los vigías apostados en las alturas próximas, vieron que por la pequeña ensenada denominada  “Salto” divisaba gente armada, cuyos fusiles v bayonetas lanzaban destellos de luz, al reflejarse en ellos, los rayos del Sol.

Cerca ya del monte de Laxeiras y frente casi a nuestro castillo, rompieron el fuego los cañones.Imagen2.png Los soldados franceses, no obstante su valor y el considerable número, comprendieron la dificultad de proseguir el mismo camino sin exponerse  sensibles pérdidas, una vez que habrían de quedar al descubierto y serían blanco seguro de los disparos que sin interrupción se le hacían: así que,–volviendo grupas- dieron vuelta por detrás de dicho monte Laxeiras y se pusieron a cubierto del fuego de los cañones; quedando, de esta manera, inútil la defensa de los muradanos. En vista de la actitud demostrada por los franceses, los habitantes de Muros abandonaron sus viviendas, refugiándose muchos en los lugares vecinos de Louro y Lariño y embarcándose otros en botes con ropas y efectos.

Entraron, más tarde, los franceses sin obstáculo de mayor importancia: y, para vengarse de la oposición que se le hiciera en la marcha triunfal que pretendieron efectuar, hicieron su epopeya a sangre y fuego; quemando casas y asesinando a cuantos encontraron a su paso pereciendo entre estos un individuo—algo fátuo—conocido vulgarmente por el nombre de Filis, quien al ver los franceses por la Agesta, tuvo el atrevimiento de encararse a ellos, gritándoles–mátame demonio, mátame, y efectivamente le mataron, apareciendo, luego su cadáver, después que aquellos se retiraron,

No todos los habitantes del pueblo pudieron huir. Vivía aquí, en aquella fecha, una familia venidaImagen3.png de la inmediata parroquia de Tal, compuesta de cuatro hermanas. Una de ellas, llamada Juana Lestón, después de un parto laborioso, había dado a luz una niña, y su estado no le permitió huir. Una de sus hermanas, se ofreció a acompañarla en la convicción de que los franceses no habían de llegar a su casa por hallarse esta en lugar retirado, pues vivían en donde llamamos hoy—Rúa de los Hornos—con el nombre moderno, calle de la Aurora — y en la casa que lleva el número 22 de la citada calle; más no fue así, pues dos soldados franceses penetraron en dicha casa y al verlos la hermana de la parturienta arrodillose a los pies de los militares, diciéndoles: —¡estar por vos, no matar!–al mismo tiempo que les enseñaba la recién nacida.

Aquellos compasivos hombres, hicieron comprender, con ademanes y frases mal pronunciadas en español, que no harían daño alguno, y a fin de evitar que otros camaradas pudiesen hacérselo, marchó uno de ellos, quedando el otro de guardia con las dos muraImagen4.pngdanas; hasta que oyendo el toque de corneta anunciando la retirada, marchose también, despidiéndose afectuoso, sin que a las mencionadas mujeres les hubiese ocurrido más daño que el susto consiguiente.

La niña nacida en tales circunstancias, recibió el nombre de Dolores, y fue conocida, -entre las de su tiempo—con el nombre de Dolores de Tal, en recuerdo de la procedencia de sus abuelos.

La Tradición nos ha trasmitido estos sucesos que,  yo mismo, he oído de labios de personas verídicas, las que a su vez los oyeron referir a las mismas que presenciaron los acontecimientos relatados, y por más que algunos no hayan sido escritos todavía, pueden tenerse todos ellos por verdaderos, dada la veracidad de las personas que nos los han trasmitido.

Juan Campelo Rodríguez

FARMACÉUTICO

 

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