Unha crónica de 1957

Con motivo das festas do Carmen do ano 1957, o xornal La Noche, publicou un especial dedicado a Muros. Un dos artigos foi escrito por Don Máximo Sar relatando nel, as súas impresións sobre a Vila.  Velaquí o artigo:

Imagen1.pngAl remontar una pendiente suche presentársenos el monte Louro. ¡Siempre el Louro, como una constante de nuestro viaje! La carretera corre largo trecho tallada a media ladera, ofreciendo a nuestros pies la visión escalofriante de los acantilados.

A la, entrada de Muros, cerca de la Iglesia de la Virgen del Camino, vemos dos hórreos y uno no tiene más remedio que preguntarse de dónde sacará el grano para guardar esta villa especialmente marinera. Porque Muros es un pueblo marinero de pies a cabeza. Y de los más valientes de las rías. Sus hombres salen en la gran flotilla de “motores” con que cuenta este puerto (el remo está casi desterrado) y se van a pescar la merluza a “O Profundo”. Dicho así parece que esto no tiene particular Importancia; pero sí la debe cuando el lector sepa que “O Profundo,” es un fondo situado en pleno Atlántico, más allá de Finisterre y muy cerca de las rutas trasatlánticas, tan cerca que los “motores” han de anunciar su presencia con luces; durante la noche, para eludir cl riesgo de abordaje. ¿Qué les parece, ahora?

La corriente emigratoria se dirige a Nueva York. En aquella populosa ciudad hay una colonia de unos dos mil muradanos, casi tantos como habitantes tiene Muros. A la vejez regresan, fieles a su tierra, con una pensión que les permite vivir muy ricamente, distrayendo su ocio, bien ganado, por la Avenida de la Marina. Realmente los muradanos tienen auténtico afán viajero. Yo los he tratado, mundo adelante, en las dispares posiciones sociales: en la medicina, en el sacerdocio, en el magisterio, en la administración del Estado, etc., y puedo asegurar que en todos ellos el amor por su tierra natal adquiere categoría de culto. ¡Con qué nostalgia recuerdan su Muros!. Como que yo tenía una especial curiosidad por conocer esta villa.

Y ahora ya estoy en ella.

Muros, canto todos los pueblos de las rías, está limitado hacia tierra por un grupo de colinas: Atalaya, Molinos de Viento, Oroso y Monte de Carnota. Por consiguiente, la villa se escalona formando un complejo urbano de curioso trazado, con calles empinadas, a las que a veces se accede subiendo prolongadas escalinatas. De la calle de Arriba, una de las más amplias, y sensiblemente paralela a la de la Marina, innumeros callejones, algunos tan estrechos que, los tejados parece que se va a tocar. El puerto está todo él, bordeado de antiguas casonas, con balcones y frescos soportales, los que, en general, quedan Imagen2.pngmás bajos que el nivel de la carretera. Muros es el pueblo de los soportales, los que prestan un sugestivo pintoresquismo.

Al acercarme al Casino, me tropecé felizmente a dos buenos amigos. A Antonio Otero Ramos y a Casimiro Bartolomé, que se ofrecieron gustosos acompañarme. Fuimos a la Lonja, y allí, don Ignacio Otero nos mostró las instalaciones, ubicadas en los restos de un antiguo castillo. En estos momentos empieza a llegar el pescado. Hay ya algunas cajas de merluza, calamar y robalo, El tráfico pesquero es enorme; el año pasado se vendió pescado en la Lonja por un importante de dieciséis millones de pesetas.

—Me imagino que Muros es un pueblo rico. Hay ricos y pobres —dice Bartolomé; lo mismo que en todas partes.  Pero aquí se gastan los cuartos prueba de ello es que, entre bares y cafés se pueden contar hasta treinta. Además, hay dos salas de cine.

Mientras vamos por la Avenida do la Marina suena la sirena de la Lonja.

—Es el primer toque —me informa Antonio Otero—. Son tres los toques: el primero quiere decir que ya hay pescado; el segundo significa un aviso para los licitadores remolones y el tercero indica que da comienzo la subasta.

Tomamos por la calle de la Pescadería. Más soportales sostienen casas de Increíble vetustez, en cuyos balcones están a secar las cestas del Pescado. En una plaza hay una fuente rematada por un dragón alado, reducido a la humillante tarea de echar agua por sus temibles fauces. Después vimos la calle de la Agesta y el Mercado Nuevo; la calle de la Soledad, de la que parte un callejón que apenas tendrá un metro de anchura; la viejísima calle del Hospital y, al fin, salimos a la Plaza Consistorial. El edificio del concejo tiene una torre con un antiguo reloj que, como todos los relojes municipales es víctima del buen humor del vecindario. De éste dicen los muradanos que al llegar el minutero al cuarto baja de golpe a señalar la hora y media pero que este adelanto lo compensa con el retraso que experimenta cuesta arriba.

En un balcón de la casa de la Turacha -el número 4 de la Marina- hay una extraña bola negra, pendiente de una barra de hierro por una cortaImagen3.png cadenilla. Es una bala de un antiguo cañón naval. (El que satisface ahora mi curiosidad es un nuevo amigo: Manuel Iglesias Castro, farmacéutico).

Es un recuerdo de la batalla de Finisterre. Hay otra huella, producida por los cañones ingleses en la Iglesia de la Virgen del Camino.

Son las ocho de la tarde. Los marineros deambulan por la Marina o se sientan en el pretil. En la costa frontera apenas sí se adivina Portosín, Porto de Son y Noya. Entramos al bar Andrea y nos sirven un rico vino del Ribero. En un rincón sientan siete marineros en torno una mesa. Uno de ellos, un mozo lleva una visera de lino. Todos callan, pendientes de un viejo que echa cuentas a su manera.

—¿Qué hacen éstos?

—Están dedicados a “partir”. Es decir, se están repartiendo las ganancias del día.

—¿Y quién paga las chiquitas?

—Eso se descuenta del Importe” bruto. ¿”Cántas pescadas matáchedes”? —interroga Iglesias?

—Matamos dezaseis —dice el de la visera.

—¡A canto vos toca?

—Trinta pesos cada un.

Ciento cincuenta pesetas por barba. ¡Si las merluzas viniesen a las manos silbándolas! Pero hay que Ir a ” O Profundo” a por ellas. ¡”0 profundo”! Es una denominación atemorizante.

Desde el Interior del bar Andrea se ven volar tas gaviotas sobre, el puerto. La conversación gira en torno a Muros y los muradanos, hasta que a Iglesias se le ocurre interrogarme acerca de cómo yo pensaba enfocar el rImagen4.pngeportaje, sobre cuyo último extrema aseguré a mis amigos que en esto de escribir ocurre algo parecido a lo que acontece respecto a la predicción del sexo: que hasta después del parto no se sabe realmente si va a ser niño o niña; pero que, fuese como fuese, ni intención sería la de matar mi trabajo con cualquier anécdota marinera, si ellos sabían de alguna que mereciese salir a la luz pública y, además, ofreciese la condición previa de ser auténticamente muradana.

Pedimos otras tazas de vino, porque este Ribero de Muros está muy bueno, y a renglón seguido, Iglesias cuenta la anécdota seleccionada.

Un viejo pescador anda al calamar en la bahía. Como cosa de media milla afuera está Chavello, sobre unas peñas fanequeras. Al llegar aI mediodía el viejo pone las manos en torno a su boca, en forma de bocina.

—¡Chavello¡……, —¡Chavello¡……, –llama—. ¿Darasme da tua brona, que a nosa sainos crua?

—¿Qué dis —preguntó a su vez Chavello.

El viejo volvió a pedir a gritos.

–¡Que si me das da tua brona, que a nosa sainos crua¡..

—¡Come da tua, que con este vento que fai non che oyo nada ¡

 

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